La intervención en el Trastorno del Espectro del Autismo (TEA) debe partir de una valoración individualizada que permita conocer el perfil de cada persona, sus fortalezas, sus dificultades y sus necesidades de apoyo.
La gran heterogeneidad existente dentro del espectro hace que no exista una única intervención válida para todas las personas con TEA. Por ello, los objetivos deben establecerse de manera individualizada, teniendo en cuenta la edad y el momento evolutivo, las características cognitivas, comunicativas y lingüísticas, el funcionamiento adaptativo, la regulación emocional y sensorial y las necesidades que aparecen en los diferentes contextos de la vida cotidiana.
Dependiendo del perfil individual, la intervención puede dirigirse a diferentes ámbitos:
Comunicación y lenguaje. Se busca favorecer el desarrollo de una comunicación funcional y eficaz, tanto en la comprensión como en la expresión. Cuando es necesario, pueden incorporarse Sistemas Aumentativos y Alternativos de Comunicación (SAAC) que faciliten la comunicación y la participación.
Interacción y comprensión social. Se trabajan las habilidades necesarias para comprender diferentes situaciones sociales, iniciar y mantener interacciones, interpretar las claves sociales y desenvolverse con mayor autonomía en distintos contextos.
Flexibilidad cognitiva y conductual. Se desarrollan estrategias para facilitar la adaptación a los cambios, las transiciones, los imprevistos y las situaciones novedosas, respetando al mismo tiempo aquellas rutinas y estrategias que proporcionan seguridad y bienestar a la persona.
Funciones ejecutivas. Dependiendo de las necesidades individuales, pueden abordarse aspectos relacionados con la planificación, organización, memoria de trabajo, control inhibitorio, flexibilidad cognitiva y autorregulación.
Regulación emocional. Se favorece progresivamente la identificación y comprensión de las propias emociones y las de los demás, así como el desarrollo de estrategias que permitan afrontar situaciones emocionalmente complejas y mejorar el bienestar.
Autonomía y habilidades adaptativas. La intervención puede dirigirse al desarrollo de habilidades que permitan una mayor independencia y participación en las actividades de la vida cotidiana.
Procesamiento sensorial. Cuando las características sensoriales interfieren en el bienestar, la autonomía o la participación, resulta importante comprender el perfil sensorial de la persona y proporcionar las adaptaciones y estrategias necesarias.
Aprendizaje. Las dificultades relacionadas con el lenguaje, la atención, las funciones ejecutivas o la comprensión social pueden repercutir en el aprendizaje. Por ello, cuando es necesario, se incorporan objetivos y apoyos dirigidos al ámbito académico.
En nuestra forma de trabajar no partimos de una única metodología de intervención, sino de las características, fortalezas y necesidades de apoyo de cada persona.
A partir de la evaluación se establecen los objetivos terapéuticos y se seleccionan las estrategias y procedimientos más adecuados para alcanzarlos. De este modo, la intervención puede integrar recursos procedentes de diferentes modelos y enfoques, siempre en función del perfil individual y de los objetivos planteados.
Entre ellos se encuentran las intervenciones naturalistas y evolutivas basadas en principios conductuales (NDBI), que integran conocimientos procedentes de la psicología del desarrollo y del aprendizaje y utilizan situaciones naturales, el juego, las actividades cotidianas y los propios intereses de la persona para favorecer el desarrollo de nuevas habilidades.
Dentro de estos enfoques encontramos modelos como el Early Start Denver Model (ESDM), especialmente desarrollado para la intervención temprana, o estrategias procedentes del Pivotal Response Treatment (PRT).
Asimismo, determinados principios y procedimientos derivados del Análisis Aplicado de la Conducta (ABA) pueden resultar útiles para favorecer la adquisición de habilidades y comprender y abordar funcionalmente determinadas conductas.
Otros enfoques, como TEACCH, aportan estrategias relacionadas con la estructuración del entorno, los apoyos visuales, la anticipación, la organización de las actividades y el desarrollo de la autonomía.
En el ámbito de la comunicación y el lenguaje pueden incorporarse diferentes estrategias de intervención logopédica y, cuando son necesarios, Sistemas Aumentativos y Alternativos de Comunicación (SAAC).
No se trata, por tanto, de aplicar un método determinado por el hecho de existir un diagnóstico de TEA. Las diferentes metodologías constituyen herramientas de las que pueden seleccionarse aquellos procedimientos que resulten más adecuados para una persona concreta y para unos objetivos determinados.
La elección de las estrategias debe basarse en la evidencia disponible, la valoración profesional, las características individuales y la respuesta de la propia persona a la intervención. Los objetivos y procedimientos se revisan periódicamente y pueden modificarse en función de la evolución y de las necesidades que aparezcan a lo largo del desarrollo.
Las necesidades de las personas con TEA pueden afectar a diferentes ámbitos del desarrollo. Por ello, en muchos casos resulta beneficioso un abordaje interdisciplinar, en el que participen profesionales de diferentes especialidades en función de las necesidades detectadas.
La coordinación con la familia y el centro educativo constituye una parte fundamental de la intervención. El objetivo es favorecer que las habilidades y estrategias desarrolladas durante el tratamiento puedan generalizarse a los entornos naturales y tengan una repercusión real en la vida cotidiana.
La participación de la familia permite además identificar prioridades, comprender mejor las necesidades de la persona y desarrollar estrategias que puedan incorporarse de manera natural a las rutinas diarias.
La finalidad de la intervención no es eliminar las características propias de la persona con TEA ni conseguir que se comporte como una persona sin autismo.
El objetivo es comprender su perfil, potenciar sus fortalezas, favorecer el desarrollo de habilidades, reducir aquellas dificultades que interfieren significativamente en su bienestar y proporcionar los apoyos necesarios para mejorar su comunicación, autonomía, aprendizaje, participación social y calidad de vida.
Por ello, la intervención debe evolucionar junto con la persona, adaptándose a sus necesidades en cada etapa y teniendo en cuenta, siempre que sea posible, sus preferencias, intereses y prioridades, así como las de su familia.